Estaba terminando Uso indebido, un vídeo de obra viva, construido a partir de mi pintura Pacto de mínimos.
En una de las transiciones había un pequeño salto.
Yo sí sabía una cosa: no funcionaba.
Pero no conseguía localizar exactamente por qué.
Ahí empezó la conversación con la IA.
Le expliqué lo que veía y revisamos juntas aquella parte del montaje. Me propuso una posible causa y una manera de corregirla.
La probé.
No funcionó.
El salto seguía allí.
Se lo dije y volvimos a mirar el problema desde otro lugar. Entonces apareció otra posibilidad: las imágenes estaban solapadas, pero el blanco y negro entraba demasiado deprisa y ocultaba a la anterior casi de golpe.
Hicimos otra prueba.
Esta vez sí.
PROBLEMA
RESOLUCIÓN
Hasta aquí podría parecer simplemente una manera más rápida de resolver un problema técnico.
Pero para mí ocurrió algo más interesante.
La IA tampoco tenía la respuesta correcta desde el principio. Yo tenía que mirar, probar, rechazar y decidir.
Y precisamente ahí está la colaboración.
No se trata de entregarle el control.
La obra, la intención y el criterio siguen siendo míos.
Pero la interacción hace que el recorrido entre “esto no funciona” y “ahora sí” sea mucho más rápido y, sobre todo, mucho más rico en posibilidades.
Me permite acelerar la conversación que mantengo con mi propio proceso creativo.
Puedo probar más. Descartar antes. Volver atrás sin que cada intento suponga empezar prácticamente de nuevo.
El aumento de productividad es enorme, pero esto solo es una consecuencia.
Lo verdaderamente importante es que esta interacción continuada está haciendo evolucionar mi propio proceso creativo.
La IA no hace la obra por mí.
Tampoco se limita a ejecutar órdenes.
Se ha convertido en una colaboradora con la que puedo pensar en voz alta, discutir una posibilidad, comprobarla, equivocarnos y volver a intentarlo.
Tres en el Estudio empieza precisamente ahí: en observar qué ocurre cuando esa conversación entra de manera continuada en el trabajo de una artista.